El “bullying” entre periodistas tiene su propio Bicentenario

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En este sexenio de reflexión bicentenaria el periodismo puede mejorar mucho su grado de auto-conocimiento. Un avance importante sería distinguir qué es lo nuevo y qué no lo es.

Por Franco J. Ruiz*

Las riñas de periodistas son un clásico de la historia. Ya la oficial Gazeta de Buenos Ayres, primer papel periódico de la era republicana, mantuvo un tiempo dos ediciones semanales dirigidas por directores diferentes y enfrentados. La que aparecía los martes era saavedrista y la dirigía el clérigo Vicente Pazos Silva, mientras que la de los viernes estaba dirigida por Bernardo de Monteagudo y era pro-Castelli. La pelea terminó cuando ambos -al fin empleados públicos- recibieron la siguiente carta oficial “para evitar el extravío de la opinión pública”:

“el gobierno ha determinado con fecha de hoy suspender la edición de los periódicos semanales que corrían a cargo de ustedes (…). A su consecuencia deberán ustedes cesar en el percibo de los goces que por aquel motivo disfrutaban, (ustedes pueden) ..… continuar ilustrando al público con sus periódicos, como lo han hecho hasta aquí, a su cuenta, usando de las facultades y derechos concedidos a todo ciudadano”.

Durante todo el siglo XIX, si las guerras civiles no eran en el campo de batalla continuaban en los diarios sabanas. Los duelos a primera sangre y los juicios de imprenta eran hitos en esa conflictividad constante. Los periodistas eran generales y luego volvían a ser periodistas.

De hecho, muchos de los próceres que hoy son bronce vivieron embarrados en los periódicos. Una de las más fenomenales riñas de periodistas fue nada menos que entre Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Tras la caída de Rosas, discutieron sobre qué periodismo convenía a la organización nacional. Alberdi escribió las ”Cartas Quillotanas” y Sarmiento le respondió con “Las Ciento Una”. Sarmiento disparaba: “¿Qué es la prensa periódica de la Confederación? Lo que ordena la partida de presupuesto que la paga”. Y Alberdi le respondía: “¿Podrán ser (Benjamín) Franklin en el gobierno los que son (Facundo) Quiroga en la prensa?”.

El tucumano defendía un periodismo más colaboracionista con el gobierno fundacional de Justo José de Urquiza, mientras que el sanjuanino bregaba por un clásico periodismo de cuarto poder. Esa es una discusión que se volvió reiterativa. Durante el siglo XX tuvimos un periodismo de seguridad nacional en las dictaduras y luego un periodismo de seguridad democrática. También hubo ciclos históricos de periodismo de cuarto poder, incluso hasta un periodismo de seguridad cambiaria, que pretendió evitar explosiones económicas y sociales. Editar, finalmente, siempre ha sido una forma de hacer política. Es evidente también que el periodismo no irrumpió como poder fáctico en la era de los multimedios. Desde que se instala el concepto de la soberanía popular son imprescindibles los medios de comunicación para expresarla. Y cuando se eligieron los representantes del pueblo, tenían que existir también formas públicas para cuestionar a esos representantes.

Alberdi se refiere a “la prensa constituyente” en su libro “Las Bases…” y, años después, Dalmacio Velez Sarsfield habla de los medios como “una ampliación del sistema representativo”. El periodismo es una institución de última instancia para defenderse de todas las otras instituciones ya sean públicas o privadas, incluso para defenderse del propio periodismo. No hay democracia sin periodismo.

El retroceso

Como en la época de Urquiza hace un siglo y medio, hoy el debate periodístico es sobre los Kirchner. Pero ese no debería ser un tema de debate periodístico. La función profesional no es combatir o promover gobiernos. Y menos poner palos en la rueda para frenar el progreso social.

Si hubiera que definir qué debería ser el periodismo en las sociedades democráticas actuales se podría decir que consiste en convertirse en una fábrica de matices. Se trata dar a cada uno lo suyo, en el sentido tradicional de la justicia, en el campo de la representación social. Si evita las generalizaciones, los prejuicios y las falacias, el periodismo hace periodismo. Si no, hace política. En la medida en que la fábrica funcione circularán los matices por las venas de la sociedad siendo estos el mayor antídoto contra los procesos polarizadores y dicotómicos que la política intenta difundir.

El gobierno siempre polarizará contra sus enemigos, y la oposición contra el gobierno. No estoy difamando la política. Se trata solamente de describir dos juegos de reglas distintos. Los periodistas, en la medida en que son profesionales, intentan describir con precisión y opinar con fundamentos. Los políticos, por su parte, necesitan acumular poder para ganar conflictos y para ellos los matices suelen ser un obstáculo para su batalla política. La democracia necesita la coexistencia conflictiva de eas dos lógicas como una bicicleta necesita las dos ruedas. Si la lógica de la política domina también el periodismo, la democracia pierde una dimensión clave de su arquitectura institucional.

El periodismo deja de ser la fábrica de matices necesaria para desmontar los relatos homogeneizantes y se convierte en un engranaje de la aceleración de los conflictos. Los medios atacados desde el poder son innumerables. Entre las decenas de medios cerrados por el poder está desde El Independiente del Sur, acusado de promover el asesinato de San Martín y de Pueyrredón, el entonces gran diario americano La Prensa expropiado y cedido a la Confederación General del Trabajo durante el primer peronismo, hasta los diarios Crítica de Natalio Botana y La Opinión de Jacobo Timerman, ambos castigados por dictaduras que contribuyeron a construir. La historia es también un cementerio de medios de comunicación silenciados por políticos poderosos.

Criticar a los medios y a los periodistas es un derecho de todos en una sociedad abierta, pero existe una distancia humana considerable entre la crítica y el agravio sistemático que se hace a algunos medios y periodistas. Además la crítica acompañada de acciones (como restricciones publicitarias, bloqueos informativos o acosos en la calle por parte de grupos afines) ya no es el derecho de un gobierno sino el abuso de su poder.

Todos los gobiernos del mundo se quejan de los periodistas. Pero algunos además los agravian. En Argentina esto sí es nuevo durante esta etapa democrática. El insulto, la mofa, el agravio a los medios y a los periodistas había quedado en el desván de la historia. Pero fue resucitado por el estilo K de gestionar conflictos. Se instala una retórica que se asemeja a lo que Julián Marías llamó alguna vez “la voluntad de no convivir”. Hasta hace poco, el paradigma era buscar el consenso; ahora, el paradigma es promover el conflicto, y suprimir al otro como posible referente en la construcción democrática común. Es la guerra no por las armas, sino por el discurso. Es la convivencia del discurso belicista de los setenta con las reglas de juego pacíficas post-1983. Con respecto al periodismo, se pasa de la legítima crítica a los periodistas al bullying contra ellos. Es verdad también que muchos periodistas se han dedicado estos años a hacer bullying contra los políticos.

No es lo mismo el programa La Hojilla de la televisión estatal venezolana, donde el conductor se mofa y agravia de principio a fin de todo el periodismo que no es chavista, que el programa “6, 7 y 8” de la televisión estatal argentina, donde solo lo hacen de a ratos. Pero no es gracioso denigrar y humillar periodistas por los medios en que trabajan o por sus opiniones. Tampoco suelen incorporar el derecho a réplica. Con programas así, y en el horario central, canal 7 no es la televisión de todos. Cumplir el rol de defensor del gobierno no es una misión de periodistas, sino de la secretaría de prensa.

Pero varios medios y periodistas atacados cayeron en la trampa. Es como el peleador de sumo que gana cuando logra sacar al otro del ring circular. Si el periodista responde como político, perdió ya la batalla. La influencia del periodista es mayor cuando no sale del periodismo, cuando ingresa a la batalla política su credibilidad se embarra. Fuera de las reglas profesionales, los periodistas se convierten en superhéroes decadentes cuyos poderes se disipan. Hay muchos profesionales que antes de la era K eran analistas y hoy son editorialistas que ya aburren opinando sobre los laberintos
sicológicos del matrimonio presidencial o de los líderes opositores. Eso no es periodismo del bueno, sino acción política pura y dura y, además, poco efectiva.

Mientras tanto, hay que recordar a Jorge Luis Borges, cuando recomendaba dejar pasar los agravios, y responder solo los argumentos. Ese es un buen consejo para los periodistas, aunque a él mismo le costaba mucho hacerse caso.

* Fernando J. Ruiz. Es Profesor de periodismo y democracia de la Universidad Austral. Miembro de la Comisión Directiva de Fopea.

** Esta nota es la versión completa de una aparecida en Diario Perfil el domingo 4 de abril.

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